domingo, 27 de marzo de 2011

EL ADN DE VERÓNICA SCHNEIDER


La dulzura es su empaque, pero no tiene un pelo de tonta, ni mucho menos de sosa. Sin falsa modestia, la actriz dice que ella y su esposo Enrique Palacios le dieron los mejores genes del mundo a su hija Sarah. De regreso a la TV tras un retiro de cuatro años, revela detalles de su matrimonio con el modelo de Armani, que la conquistó más con humildad y nobleza que con su físico



   
















­ Alexis Correia alexiscorreia@gmail.com ­ Fotografías Fran Beaufrand ­ Vestuario Alberto de Castro


En cualquier deporte de apreciación, este matrimonio recibiría en guapeza una puntuación perfecta de 10-10, y nadie necesita una visión 20-20 para enterarse.

"Sarah sí salió con los mejores genes del mundo", sentencia sin falsa modestia Verónica Schneider sobre la pequeña de 2 años de edad que procreó junto a Enrique Palacios, su esposo desde que en 2007 se casó en la isla griega de Santorini, locación dionisiaca de películas como Amantes de verano (1982). "Aunque también pudo haber sacado lo peor de cada padre", se apura a matizar. Los equivalentes vernáculos de la pareja Brangelina ­la sonrisa más dulce que ha salido del Miss Venezuela y el viril modelo de casas como Armani y Dolce & Gabanna­ han atravesado varios temporales, y el más reciente es la distancia.

Perteneció a la categoría "protagonista que salió de la nada" en la telenovela Engañada (2003).

Siempre extremadamente apegada a su familia, sufrió cuando viajó a Perú para actuar en Besos robados (2004), una etapa que recuerda sobre todo por los desahogos con la pachamanca y el cebiche. Y su última aparición pública fue una historia en la que todo el mundo andaba en traje de baño, Y los declaro marido y mujer (2006).

Tras casi un período presidencial cuartorrepublicano de retiro, la ex chica Brahma regresa bajo ovaciones de añoranza desde su hogar de Nueva York a Venezuela como la trabajadora social Abril en La viuda joven de Venevisión, justo cuando muchos actores nacionales siguen con ansiedad la flecha en sentido contrario para sopesar posibilidades afuera. "Es una decisión personal que no tiene relación con ningún deseo de fama, notoriedad o consagración como actriz. Necesitaba sentirme la mujer productiva que fui toda la vida y que paralicé durante cuatro años. Es algo de hoy, que me nació, y no tengo la menor idea de qué ocurrirá profesionalmente mañana", se sincera.

Mientras posa con una dulzura que derrite como los rayos fotónicos de Mazinger, a la atípica participante del Miss Mundo 1998 ­que dice que casi nunca se mira en el espejo, que se aburre muchísimo con los shows de la alfombra roja del Oscar y que sólo se maquilla para trabajar­ le vuela la mente sobre el océano Atlántico. Enrique está en Sudáfrica por compromisos laborales, y la participación de Schneider en La viuda joven ha implicado el mayor cúmulo de tierra de por medio desde que son esposos.

"Lo conocí a los 18 años y dije: `Será el padre de mis hijos", se trasporta Verónica a 1996. "Terminamos y volvimos en varias oportunidades. Sufrí yo, sufrió él, se interpuso lo que cada uno quería hacer con su vida. Llegué a dudar y me dije: `Si no es, pues no es. Yo lo que quiero es ser feliz’. Seguí buscando mi felicidad y pensé que la historia no terminaría como en los cuentos de hadas y punto. Ahora estamos lidiando por primera vez con la distancia desde que nos casamos. La posición más difícil creo que la tiene él: yo llego a casa y siento el abrazo de Sarah. No lo estamos llevando lo mejor posible ahora. Pero tengo fe en que lo vamos a manejar, como hemos manejado muchas otras cosas en estos 14 años de idas y venidas desde que nos conocemos. Extrañar también es algo bonito".

Jugueticos como el Skype o el Blackberry no alivian. "Nunca me ha gustado hablar mucho por teléfono, también me estresa escribir un e-mail o chatear. ¡Me encanta sentarme a hablar! ¡Me gusta percibir y que me perciban! Eso me perjudica, y Enrique lo sabe: yo no sé transmitir mis emociones a través de un teléfono. Me va mejor con mi gente cerca", dice la hija del músico Pablo Schneider y de la socióloga María Elisa Rodríguez.

¿Sosa yo? Schneider estudió parcialmente la carrera de Computación en la UCV, aunque de ese aprendizaje sólo le quedó la mentalidad lógica: "Me parece horrible darles a las muchachas jóvenes el mensaje de que no deben terminar sus estudios, pero es que afortunadamente me ha ido muy bien como actriz, aunque sé que es una carrera corta, ingrata y con frecuencia injusta", admite. Nunca ha sido conocida por escándalos. Es lo que llaman "una muchacha de su casa". O una "mujer para casarse". En una entrevista de 2003, declaró: "En la calle nunca me dicen `¡qué buena estás!’, sólo piropos lindos". Ante su belleza se experimenta la culpabilidad de los mandamientos bíblicos.

En las páginas de esta mismísima revista, su amiga y profesora en el Miss Venezuela, Gisselle Reyes, se refirió recientemente a Verónica como una muchacha "extremadamente sosa" en su adolescencia, una típica chica del Colegio Hebraica a la que hubo que programarle de emergencia todo un disco duro de coquetería.

"¿Será que Gisselle me sazonó?", sonríe Schneider. "Siempre res
peto la opinión de los demás, pero creo que mi esencia siempre fue la misma. Usaba frenillo, no hacía ejercicio y nunca me ha gustado exhibirme, menos en esa época.

Supongo que ella pulió ese carboncito: creyó en mí, me montó en tacones, hizo un trabajo arduo.

Yo nunca me había comprado un vestidito o una minifalda. Gisselle vio mi clóset y dijo: `¿Qué es esto?’ Pero con menos kilos o más maquillaje, soy la misma persona".

"A veces la gente puede tomarme por tonta. Ciertamente soy muy serena y pacífica, ¡pero tengo mis momentos! No soy una mujer de mentira, soy una mujer bien real.

Cuando alguien me ofende, quizás no me transformo en la más mala, pero sí puedo ser indiferente.

Cuando eres muy tranquila, tu lado opuesto puede llegar a ser extremo.

He tenido que buscar en mi vida el equilibrio: ser muy pasivo no te lleva a nada bueno. Cuando acumulas mucho y explotas, puede ser de manera radical. La profesión de actriz me ayudó a explorar mis percepciones y manejar mejor mi vida.

Ahora, cuando algo me irrita, lo digo. Y no siempre soy tan agradable o digo las cosas suavemente".

No es Gastón. "Por Enrique, la gen- te siempre me dice: tú puedes decir cualquier cosa, menos que el físico importa", aborda Schneider otro estereotipo, además del de SantaVerónica-que-no-rompe-un-plato. "Siendo totalmente sincera, la parte física hace peso. Es un buen punto de partida. Pero no el componente que decide. Me gusta un hombre varonil, sensible, caballero, no el típico bello perfecto. Que no tenga la actitud creída de `qué galán soy’, como Gastón de La bella y la bestia. Mi esposo es muy bello, pero si supieras que de repente no es el hombre que más me gusta físicamente. Obviamente me gustó y me gusta. Lo noble que es Enrique, lo humilde que llega a ser, a pesar de tener tantos factores para no serlo... Eso es lo que me cautivó.

Buscaba algo difícil de encontrar y lo encontré: el mensaje es que no dejes de soñar".

Aprovecha para desmentir cualquier duda sobre la masculinidad de un modelo: "Eso es en Venezuela. Afuera el hombre no se depila, no se afeita, no se saca las cejas, no se pinta las uñas, no se pone brillo. Enrique ni cremas usa. Lo más que puede hacer es blanquearse los dientes. Mientras más viril se ve, más trabajo consigue. Así como es mentira que eres un intelectual si publicas un libro, también es mentira que un modelo es afeminado siempre".



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